¿Puede un programa aprender copiando tu trabajo? Lo que este juicio histórico cambia para freelancers y creadores.

Imagina que llevas más de cien años levantándote cada mañana a contar lo que pasa en el mundo. Contratas reporteros, fotógrafos y editores, pagas viajes, revisas datos y publicas miles de historias. Un día descubres que una máquina que responde preguntas y escribe textos en segundos parece haberse aprendido tus artículos de memoria. No te pidió permiso, no te pagó y ahora compite contigo. Eso es, en esencia, lo que denuncia The New York Times.
Según contó The Verge el 27 de diciembre de 2023, el diario estadounidense demandó a OpenAI, la empresa que creó ChatGPT, que es ese programa de conversación que escribe respuestas como si fuera una persona, y a Microsoft, que usa esa misma tecnología en su asistente Copilot, que es el ayudante que viene integrado en sus productos para redactar, resumir y trabajar más rápido. La acusación es grave y muy simple de entender: dicen que copiaron millones de sus artículos para enseñar a escribir a esos sistemas.
No es una pelea entre ingenieros. Es una pelea por quién es dueño de las palabras, de las ideas y del trabajo creativo en la época en que las máquinas también escriben. Y si eres freelancer, creadora de contenido, diseñadora, traductora, emprendedora o tienes un blog, esto te toca de lleno, aunque nunca hayas programado nada.
La demanda por infracción de derechos de autor, que es como se llama legalmente cuando alguien usa tu obra sin permiso, sostiene algo muy concreto: que OpenAI copió millones de artículos del Times para entrenar a sus modelos de lenguaje, es decir, a esos sistemas que aprenden leyendo cantidades enormes de texto para después poder generar respuestas, resúmenes y artículos nuevos.
Piénsalo así: para que un programa aprenda a hablar de política, deporte, cocina o economía, necesita leer mucho antes. Necesita ejemplos. Según el diario, esos ejemplos fueron sus noticias, reportajes y columnas, usados sin licencia. Y no solo habrían servido para aprender, sino que los productos que resultaron de ese aprendizaje, ChatGPT y Copilot de Microsoft, ahora pueden responder a los usuarios con información y hasta con fragmentos que vienen directamente de ese trabajo periodístico.
Para el público general la clave no está en el tecnicismo, sino en la idea de fondo: ¿se puede construir un negocio millonario leyendo y memorizando el trabajo de otros sin pedir permiso ni pagar? El Times dice que no. Las empresas de inteligencia artificial suelen responder que aprender de textos públicos es como lo que hace un estudiante cuando lee en la biblioteca. Los jueces tendrán que decidir dónde está el límite.
Cuando escuchas que un sistema fue entrenado, no imagines un aula con pupitres. Entrenar, en este contexto, significa alimentarlo con millones y millones de textos para que detecte patrones: cómo se empieza una noticia, cómo se explica una receta, qué tono se usa en un correo formal, cómo se responde a una pregunta difícil. Después de leer tanto, el sistema no guarda una fotocopia exacta de todo, sino una especie de mapa estadístico que le permite predecir qué palabra viene después de otra.
El problema es que, a veces, ese mapa es tan detallado que el programa puede reproducir trozos casi idénticos a los originales. Es como si un cocinero dijera que inventó una receta, pero al probarla supiera exactamente igual, con los mismos ingredientes y pasos, que la de tu abuela. Si tú eres quien escribió el texto original, es normal que sientas que te copiaron, aunque la máquina diga que solo aprendió.
Por eso la cifra que aparece en la denuncia importa tanto: no hablamos de que leyó dos o tres artículos por error, sino de millones de piezas. Eso cambia la conversación. Ya no es un despiste, es la base misma de cómo se construyó la herramienta que hoy usan millones de personas para trabajar, estudiar y crear.
A primera vista puede parecer una batalla de grandes: un diario histórico contra dos de las empresas tecnológicas más poderosas del planeta. Pero lo que se discute aquí es lo mismo que le preocupa a una ilustradora en Instagram, a un redactor freelance que vende artículos, a una fotógrafa que sube sus fotos a su web o a una emprendedora que escribe la newsletter de su marca.
Todos ellos viven de lo mismo que el Times: de crear algo original que los demás quieren leer, ver o escuchar. Si un sistema puede absorber todo ese trabajo, aprender su estilo y luego ofrecer algo parecido gratis y en segundos, ¿qué pasa con el valor de ese trabajo? ¿Quién te va a encargar un texto si el programa lo hace en un clic? ¿Quién va a pagar una suscripción para leer noticias si puede pedirle un resumen al chat?
Para los freelancers hay una segunda preocupación. Muchos publican en abierto para conseguir clientes: portafolios, blogs, tutoriales, vídeos, recetarios. Ese material está en internet y, por tanto, puede haber sido usado para enseñar a estos programas. La demanda del Times pone sobre la mesa una pregunta que muchos creativos se hacen en voz baja: si mi trabajo sirvió para enseñar a la máquina, ¿no debería tener yo algo que decir y, quizás, recibir algo a cambio?
Seamos honestos: aunque te preocupe el tema de los derechos, probablemente usas ChatGPT o Copilot para ahorrar tiempo. Para hacer un borrador, resumir un informe largo, traducir un correo, pensar ideas para un cliente o preparar una presentación. Y funciona muy bien. Esta demanda no dice que tengas que dejar de usarlos mañana, pero sí te invita a usarlos de otra manera, más consciente.
Primero, desconfía del copia y pega. Si el programa aprendió de artículos reales, puede devolverte frases que suenan perfectas porque, en realidad, las escribió otra persona. Si las publicas como tuyas en el blog de un cliente o en tu tienda online, el riesgo lo asumes tú. Revisa, reescribe con tus palabras, añade tu experiencia y cita tus fuentes cuando sea necesario. Tu valor como profesional no es entregar el primer borrador rápido, sino garantizar que lo que entregas es fiable y tiene tu criterio.
Segundo, cambia cómo explicas tu trabajo a los clientes. Ya no basta con decir entrego textos. Ahora puedes decir: investigo, verifico, entrevisto y creo contenido original que no te meterá en problemas legales y que suena a ti, no a un robot. En un mercado inundado de textos parecidos generados por máquinas, lo humano, lo verificable y lo personal vale más, no menos.
Aquí está el cierre que de verdad importa para alguien que no es programador. Lo que decidan los tribunales en casos como este va a definir las reglas del juego para los próximos diez años: si las empresas tendrán que pedir permiso y pagar por usar contenidos para enseñar a sus programas, si tendrán que mostrar de dónde sacaron lo que saben, o si podrán seguir haciéndolo libremente.
Si ganan los creadores, es posible que veamos herramientas que pagan licencias, que citan mejor de dónde viene la información o que ofrecen versiones especiales para empresas que garantizan que no copian a nadie. Para ti, eso significaría más tranquilidad al usarlas en proyectos de clientes y, si creas contenido, una posible vía para que tu trabajo sea reconocido y remunerado cuando sirva para enseñar a una máquina. Si ganan las tecnológicas, los programas seguirán siendo baratos y potentísimos, pero tendrás que diferenciarte aún más por tu estilo, tu comunidad y tu experiencia real.
Mientras tanto, hay tres cosas prácticas que puedes hacer desde hoy sin saber nada de tecnología. Una, guarda pruebas de tu autoría: borradores, fechas, archivos originales. Dos, avisa en tu web cómo pueden usar tu contenido y qué no permites. Y tres, usa la inteligencia artificial como ayudante, no como sustituta: deja que te ayude a ordenar ideas, pero pon tú la historia, el ejemplo del cliente, la anécdota del taller, eso que la máquina nunca vivió. Al final, esta demanda nos recuerda algo muy simple: las máquinas aprenden de nosotros. Y eso, para quienes crean, es poder. La pregunta es si ese poder se va a respetar y a pagar de forma justa.